Juan Pablo Fredes Resucitó al bandoneón y lo hizo miniatura
lunes, 30 de julio de 2012
 Image Cuando aquel inmigrante alemán cambió su bandoneón por una botella de whisky, allá por 1920 en Buenos Aires -según la leyenda-, nunca imaginó que eso posibilitaría que la fábrica alemana de esos instrumentos Doble A exportara a estas tierras unos cincuenta mil bandoneones por año debido al éxito obtenido a partir de la incorporación del bandoneón a la música argentina, el tango.
 La fábrica de los Doble A cerró en 1939 en Carlsfeld, cuando los hombres se fueron a la guerra. De allí en más no hubo industria del instrumento, más que esporádicos intentos que lograron no más de dos o tres bandoneones por año en todo el mundo.
 Sin embargo, aquellos bandoneones del siglo pasado resistieron el paso del tiempo, en pleno uso muchos de ellos. Eso sí, para las reparaciones algunos debieron pasar a desguase. Pero eran todos grandes y pesados, una complicación para el aprendizaje de los más pequeños.
 Por eso, a Juan Pablo Fredes, profesor de bandoneón e investigador incansable del instrumento se le ocurrió atender esa dificultad y comenzó hace doce años a dar los primeros pasos para conseguir un bandoneón pequeño, liviano que acompañe el crecimiento del estudiante.  Hasta ahora, si un chico quería estudiar bandoneón los padres tenían que considerar el desembolso de más de diez mil pesos, pero en un instrumento antiguo, grande y pesado, casi imposible de manejar por un chico. Ahora, mediante una experiencia piloto, los bandoneones de Fredes se entregarán en el marco de un plan que contiene varios bandoneones que acompañarán el crecimiento y la evolución en el aprendizaje de los chicos, con instrumentos que irán de 2 a 17 notas e intermedios, todo ello acompañado de un nuevo método de aprender a través del juego, similar al sistema Suzuki.
 “Mi interés es que se enseñe bandoneón en conservatorios oficiales. Jamás haría un negocio o una industria con ésto. Yo vivo de mi jubilación y me fascina la investigación”.  
 Fredes tiene 73 años y en su casa taller del barrio de Gambier produce bandoneones para chicos.
 Claro que todo tiene una razón. Cuenta que a los 8 años vio por primera vez un bandoneón en su pueblo natal, Tapalqué, y quiso saber qué tenía adentro para saber porqué sonaba así y cómo era que se estiraba como un gusano. “Entonces yo les dije a mis padres que quería estudiar bandoneón”, recordó.
 “Ellos con mucho sacrificio me compraron uno muy viejo y pesado que tuvieron que hacer arreglar. Pero mis dedos no llegaban a las notas más alejadas y tenía un problema. Mis dedos de 9 años no lograban abarcar todas las notas y ahí creo que surgió la idea de alguna vez hacer un bandoneón que pudieran utilizar los chicos para aprender a tocar y no les pasara a ellos lo que me había pasado a mí”, explicó.
 Estudió bandoneón en Azul, tocó en La Plata en la orquesta de Horacio del Bueno. Era 1959 y el tango estaba de moda. Tocaban en clubes de La Plata, Brandsen y Berisso los viernes, sábados y domingos. Y los lunes en los estudios de Radio Provincia para promocionar el grupo.
 Pasó luego por la orquesta de Miguel Caló y después se concentró en la profesión de contador y en formar una familia junto a su esposa Zulma Meinardy, con quien tuvo cinco hijos -Pablo, Silvia, Cecilia, Germán y Adriana- que les dieron seis nietos -Josefina (quien ya tiene su bandoneón), Victoria, Paula, Olivia, Emilia y otro en camino-.
 Ejerció la docencia de contablidad en la falcultad platense y también en la Universidad de Tandil, donde  conoció un grupo de bandoneonistas que dirigía Humberto Matti con el que compartió conciertos durante quince años. Y fueron invitados a tocar al Festival de Carlsfeld, una pequeña comarca alemana de trescientos habitantes.
Escuela y taller
 Pero fue cuando se jubiló que  puso una escuela de bandoneón en su casa de calle 47, por donde pasaron más de veinte alumnos, entre ellos, Emanuel Trifiglio quien integra la Orquesta Sinfónica de Nueva York. Y mientras enseñaba, ya trataba de armar los planos del bandoneón para chicos y ahí comenzó a integrarse al proyecto su hijo Germán que quedó a cargo de la enseñanza mientras él daba vida al taller.
 Hasta ahora no había ningún manual del bandoneón. No se sabía cómo estaba hecho. De manera que Fredes desguasó uno e hizo analizar materiales a expertos de la Comisión de Investigaciones Científicas de la UNLP y del  Conicet. “Fueron varios años muy duros -recordó- en los que analizamos y conseguimos dar con los materiales que componían cada parte para que los matriceros y los torneros puedan hacer el trabajo para alguien que en ese momento no se sabía si iba a tener o no éxito. Si el tipo estaba o no estaba loco”.
 Y todavía se sigue investigando. Fredes contó que  investigadores platenses que han trabajado en el desarrollo de un satélite, se ofrecieron a cortar las platinas de acero (parte del ensamblaje que contiene las lenguetas que vibran y dan el sonido del instrumento) mediante láser. E incluso Fredes está explorando lograr esas platinas con otros materiales. “Porque esto es un laboratorio” afirmó para luego indicar que si funciona, “tal vez el instrumento pueda ser más económico y más liviano”.
Premios y documental
 “El primer instrumento lo presentamos en Buenos Aires en diciembre de 2006 y a partir de ahí seguimos construyendo, aunque ahora de manera más estandarizada, más en serie. Muchas piezas fueron derivadas a otras personas para que las hagan, pero sigue siendo una tarea artesanal. No es una industria y creo que nunca lo será”, estima.
 El Ministerio de Educación nacional encargó al cineasta José Gramático un documental sobre la historia de este taller que ya fue visitado cuatro veces por personalidades de Alemania interesadas en la fabricación de bandoneones en Europa.
 En octubre Fredes viajará a la ciudad alemana de Carlsfeld, donde hay una persona que construye uno o dos bandoneones por año, pero de los grandes, para adultos. Contó Fredes que “hace dos años, Rodolfo Uhlig, un descendiente del creador del bandoneón, Carl Uhlig que inventó el instrumento en  1834 con cinco notas por lado, nos pidió si podíamos hacer la réplica de aquel modelo porque ya no queda ninguno. Nos mandó los planos por mail. Lo estamos ensamblando y en octubre vamos a Carlsfeld a entregárselo de regalo  para esa ciudad”.
 Están preparando un bandoneón para ser doando a la Academia del Tango, que será celeste y blanco y al desplegar el fuelle aparecerá el sol de nuestra bandera.

 Image En diciembre último la Academia Nacional del Tango, que preside Horacio Ferrer, le entregó el Gobbi de Oro 2011 por la profunda investigación que determinó la construcción de bandoneones para el aprendizaje de niños. Esa noche dedicó el premio “a los bandoneonistas del 2020”.
 Y en junio pasado la Secretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación declaró al proyecto de interés cultural, “de manera que ahora en cada instrumento tenemos que poner la leyenda que cuenta con el auspicio de esa secretaría”.
 “Yo por eso no recibo un peso -aclaró-. El taller se sostiene con dinero que sobra de mi jubilación. Y aunque hemos vendido instrumentos, nuestro proyecto no es comercial sino cultural. Hace poco, de un conservatorio del pueblo de Ballesteros, de Córdoba, vinieron a comprar un bandoneón que se llevaron la semana pasada. Tienen una banda de música y los vimos tan pobres que con mi hijo decidimos que les vamos a donar otro bandoneón más”.
 En Alemania hay una fábrica de acordeones que hace uno o dos bandoneones por año. En todo el mundo se harán cuatro bandoneones por año.   No hay en el mundo una producción masiva e industrial de bandoneones, entendiendo que hablamos del clásico, para adultos. Ahora bien, bandoneones para chicos es acá el único lugar en el mundo donde se hacen”.
Aprender jugando
 “Y una de las cosas más importantes que estamos haciendo ahora -anunció-es escribir un nuevo método para estudiar bandoneón a partir de pequeños bandoneones. Para que el chico vaya desarrollándose físicamente y a medida que crece, vaya teniendo bandoneones más grandes. No es algo que se me ocurrió a mí. En los acordeones ya está instalado el método. Y hay violines pequeños, guitarras, pianos pequeños... Un gran músico japonés que se llamó (Shinichi) Susuki inventó un método de estudiar música jugando. El es un gran violinista que cuando dio su primer concierto a los quince años le dijo a los padres, ‘si todo muy lindo pero me robaron la niñez, yo no pude jugar como los demás chicos porque estaba estudiando y era un esclavo de esto. No quiero que ningún chico más pase por lo que yo pasé’. Con el dinero que ganó como concertista hizo fabricar violines y guitarritas muy pequeños y los distribuyó por los jardines de infantes de Japón pidiéndoles a las maestras que se los regalaran a los chicos para que jueguen. A partir de ahí en cuatro o cinco años muchísimos jóvenes tocaban música gracias al método Susuki. Ese método todavía lo utiliza el Conservatorio platense Gilardo Gilardi. Sería bueno que ponga una cátedra de bandoneón porque para que esto funcione cada conservatorio oficial debe tener una materia que se llame bandoneón, de la misma manera que tienen violín, guitarra, corno inglés, arpa”.
 Es importante aclarar que acá nosotros no inventamos nada. Copiamos un bandoneón y lo adaptamos para chicos; encontramos un método sencilllo para aprender música y  lo adaptamos.