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El Espacio Jardín del Encuentro, está pensado para ese grupo de personas que desee reinventarse creativamente. Este espacio le propone explorar las potencialidades individuales ofreciendo lograr, en tres días: tomar conciencia de uno mismo, centrarse en el cuerpo, contactarse con las emociones, con los obstáculos; para liberarlos y experimentar la posibilidad de transformarlos en nuevos proyectos personales.
Actividades Propuestas: I. Técnicas de Respiración y Meditación. II. Técnicas de Flexibilización Corporal. III. Desintoxicación del Cuerpo (alimentación sana y natural) IV. Talleres: a) Autoestima y Creatividad con aplicación de técnicas Gestálticas y Programación Neurolinguistica. b) Encuentro con el niño interior. c) Comprendiendo las emociones: miedo-vergüenza-bronca-ira etc. d) Desarrollar y potenciar la energía creativa. e) Películas para reflexionar- intercambiar y compartir. Duración: convivencia de 3 días Horario de Inicio: jueves a las 9 hs. Finaliza sábado 18hs. |
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Visitantes: 1941054¿Quién está en línea?
Hay 29 invitados en línea| En dos madrugadas de 3 horas, un grupo de trabajo demostró que se puede construir un gran país |
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| viernes, 09 de octubre de 2009 | |
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Texto y fotos: Teódulo Domínguez
Me había dicho Eduardo Pecas, jefe de la obra, que a la una de la madrugada iban a levantar las vías, cambiarían los viejos durmientes, instalarían durmientes nuevos y repondrían las vías.Todo en 3 horas de tiempo. En dos madrugadas. En la primera del 8 de octubre el tramo de 18 metros de las vías que comunican Constitución con La Plata. En la segunda madrugada, también de una 1 a 4, el otro tramo de 18 metros del servicio que va de La Plata a Constitución. Así fue.
Unos 35 operarios, ingeniero, jefe de obra, capataz, maquinistas, especialistas en estas lides, lo hicieron.
Debían desarrollar cada paso, cada etapa, con absoluto sincronismo, a toda máquina, sin perder un segundo, porque cuando el primer tren del día, en cada una de las madrugadas, se aproximara, de ninguna manera debería esperar. Ese fue el trato y lo hicieron. En mi cabeza no cabe que todo lo que explicó Eduardo Pecas se podría cumplir en 3 horas.“Vení a la una y lo vas a ver”, me había desafiado. Fui a la una de la madrugada. Con una llave del 38 comenzó el primer operario a aflojar la primera tuerca, enorme tuerca que a los pocos segundos cayó al suelo y con ello dio inicio al operativo. Para comparar la llave imaginate la del 13 que se usa para aflojar la tuerca de una batería. En menos de lo que se puede imaginar, el primer riel fue retirado y el segundo le siguió con diferencia de minutos. Los operarios, con casco en la testa, moviéndose con agilidad y rapidez, hacían todo al segundo “como si supieran”. El chiste viene a cuento, porque me dice Eduardo que esta es la primera vez que su gente hace este desmonte de un tramo ferroviario para eliminar a los viejos durmientes y reemplazarlos por más grandes, de quebracho blanco. Es decir, por primera vez en esta empresa, pero lo hicieron antes en otros compromisos La operación siguiente fue remover los durmientes. El trabajo lo hace la “retro”. Dice más tarde Teodoro Cabrera,
54 años, correntino, el maquinista de la “retro”, que todo lo que
estaba viendo lo maneja con dos comandos. Hace esto desde los 19 años.
Ahora entiendo que la “retro”, en realidad, es la prolongación de sus
manos. No sé si el robot es él mismo Teodoro o la “retro” que toca como
si fuera un Stradivarius
A la 1:30 de la madrugada, con unos 7 grados que hace
levantar solapas y ajustar cascos, la noche limpia y algunos bocinazos
en el Centenario, ver la “retro” que va y viene, se hunde en la tierra,
remueve un durmiente y lo arroja sobre el suelo, hasta formar un
montón, es un espectáculo que la tele no puede superar y que más de un
colega me está envidiando.
En realidad, cuando más tarde veo las fotos, y el escenario muestra
operarios parados, apoyados en los mangos de sus palas, y la imagen
protagonista en la retro, advierto que, como dice Teodoro, la “retro”
reemplaza a 40 hombres, o más.
Además, que pueden convivir máquinas y hombres, siempre que se respeten.
Los viejos durmientes han quedado a un costado, expulsados, candidatos
a una escultura progre o cortados en pedacitos para un asado.
Ahora hay que remover todo el piso, eliminar la vieja tierra, la tierra
cansada, porque vendrá tierra de suelo nueva, más consistente.
La “retro” entra en el escenario, bufa, entra y sale, baja y sube, la pala cargada de tierra gira a la derecha, baja, gira hacia adelante, deposita la carga y vuelve. Es una cachorra de gata que juega al ping pong. En minutos una zanja de 18 metros de largo, 4 de ancho y casi un metro
de profundidad, aparece en escena. Los operarios, ante una pitada del
capataz, saben que ellos deben entrar en el campo. Las palas se meten
allí donde la “retro” no llega. Es el trabajo fino. Decenas de palas
golpean la tierra, entran y salen cargadas.
Los muñones de los rieles quedan en descubierto, mientras varias “apisonadoras” golpean el suelo, lo ametrallan, y lo afirman.
Otra pitada. Apuran las palas. El tiempo avanza. Esta parte de la operación ha terminado. Entra un camión, grande, imponente, abre su compuerta y cae en la
zanja la tierra nueva, preparada para resistir durante muchos años el
paso de un tren sin que el suelo ceda. Otro camión y otro más. Eduardo, el jefe de obra, levanta el cuaderno que lleva en la mano, "habla" de lejos con Teodoro y Teodoro acciona su “retro”. Se instala frente a la zanja. Extiende los brazos amarillos, empuja una de los comandos y la pala de la “retro” se vuelve loca. Como si fuera la trompa de un elefante, desparrama las toneladas de tierra nueva a derecha e izquierda y ahí se comprende porque dijo hace un rato que “hacemos con la retro el trabajo de 40 hombres”. Nueva pitada y los espectadores de corto plazo, entran a la cancha con sus palas hasta que todo queda nivelado. Son las 2:10 de la madrugada. Eduardo levanta la mano y aparecen varios obreros con un enorme rollo de unos 4 metros de ancho por unos 20 de largo. Dice Eduardo: “Extendemos el rollo y encima le volcamos la piedra; así evitamos filtraciones de agua”. La pregunta de algunos curiosos es si a las 4, como está pactado, el trabajo quedará terminado. ![]() Eduardo Pecas, jefe de obra A otro operario que está cerca nuestro, se le ocurre otra imagen: John Wayne en el Far West, del lado de los buenos hacendados invadidos, en lucha contra los malos de Wall Street que empujan hacia el Oeste con los rieles de la civilización meta tiros y durmientes. Llega el gran rollo, lo barajan varios, retroceden y como si fuera una bandera futbolera en el estadio, lo convierten en alfombra para cubrir la tierra. Minutos después, enormes cantidades de piedra -balastro dice Eduardo-, caen sobre la alfombra y la “retro” reitera su rol de trompa de elefante enojado. En pocos minutos la “retro” hace “el grueso” del desparramo pétreo y unos 20 operarios irrumpen entre las piedras para hacer “el fino” de la llegada, allí donde la piedra no quieren entrar y deben estar. ![]() Con el mismo sincronismo de cada paso y etapa de esta puesta en escena, el reportero gráfico apunta a cuatro obreros que esgrimen grandes tenazas. Con ellas, dos adelante y dos atrás, atrapan uno de los grandes durmientes de quebracho blanco. “Pesan unos 100 kilos y son muy difíciles de tratar. Estos son más grandes que los que sacamos. Miden 0.17 de alto, 25 cms. de ancho y tienen 2 metros de largo”. Uno de los obreros pega un grito, los 4 levantan al mismo tiempo y
marchan hacia el hueco de piedra que luego enmarcarán los rieles. Detrás de los primeros 4, aparecen otro grupo, y otro más. Como hormigas que acatan una orden superior, en minutos quedan depositados en el tramo de 18 metros de vías levantadas, los 31 nuevos durmientes. Dos atornilladoras surgen de la sombra. Una de ellas es montada en un riel, la otra es portátil. Entre las dos, los operarios avanzan desde el primer durmiente hasta el último y cada uno queda atrapado al hierro del riel y lo inmoviliza. Faltan pocos minutos para las 4 de la madrugada y en el silencio de City Bell un grupo de hombres-hormiga hacen un trabajo magistral, una demostración de que “se puede”, que en un país normal con un gobierno normal, “sólo” se trata de crear trabajo, convocar gente, dar ocupación, pagar sueldos dignos, en blanco, alimentar bien a la familia, crecer sin enfermedades ni "comederos" escolares, aumentar cada día la calidad de vida de millones de habitantes. Mientras veo a este enjambre humano concretar con fuerza, decisión, sincronismo, esta obra muy especial de 3 horas de apertura y cierre, recuerdo que en el Concejo Deliberante, a 24 concejales les dejé un proyecto para construir veredas en todo La Plata, a cargo de estudiantes egresados de “Construcciones”, de cooperativistas en serio, no truchos como los que se arman hoy, a cargo de albañiles, de ayudantes, y donde todos ganaran ya mismo y en los próximos años el sustento suficiente para mantener a sus familias. Lo que ví en estas dos madrugadas en City Bell, confirma el éxito del proyecto. Sin embargo, los 24 hombres del Concejo no opinan lo mismo y el proyecto sigue “enterrado” en algún lugar del edificio. Eduardo Pecas, Teodoro Cabrera, 35 operarios anónimos, la empresa, los técnicos, los que llegaron con sus camiones y sus cargas, en tres horas, durante dos madrugadas, sin que nadie se enterara en City Bell, un ejemplo, una prueba de que se puede. Señores ¡salud! Gracias por haberme hecho feliz. |
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Me había dicho Eduardo Pecas, jefe de la obra, que a la una de la madrugada iban a levantar las vías, cambiarían los viejos durmientes, instalarían durmientes nuevos y repondrían las vías.
En mi cabeza no cabe que todo lo que explicó Eduardo Pecas se podría cumplir en 3 horas.
La operación siguiente fue remover los durmientes. El trabajo lo hace la “retro”. Dice más tarde Teodoro Cabrera,
54 años, correntino, el maquinista de la “retro”, que todo lo que
estaba viendo lo maneja con dos comandos. Hace esto desde los 19 años.
Ahora entiendo que la “retro”, en realidad, es la prolongación de sus
manos. No sé si el robot es él mismo Teodoro o la “retro” que toca como
si fuera un Stradivarius
En realidad, cuando más tarde veo las fotos, y el escenario muestra
operarios parados, apoyados en los mangos de sus palas, y la imagen
protagonista en la retro, advierto que, como dice Teodoro, la “retro”
reemplaza a 40 hombres, o más.
En minutos una zanja de 18 metros de largo, 4 de ancho y casi un metro
de profundidad, aparece en escena. Los operarios, ante una pitada del
capataz, saben que ellos deben entrar en el campo. Las palas se meten
allí donde la “retro” no llega. Es el trabajo fino. Decenas de palas
golpean la tierra, entran y salen cargadas.
Entra un camión, grande, imponente, abre su compuerta y cae en la
zanja la tierra nueva, preparada para resistir durante muchos años el
paso de un tren sin que el suelo ceda. Otro camión y otro más. 

Uno de los obreros pega un grito, los 4 levantan al mismo tiempo y
marchan hacia el hueco de piedra que luego enmarcarán los rieles.